UNA BARRANQUILLERA EN BOGOTÁ

Vamos a llamarle el “buenos días delatador” a eso que pasa cuando uno se monta en un ascensor de alguna oficina en Bogotá, como a las 8:00 am, y lo que sucede a continuación es que surge la pregunta: “¿Oye, eres costeña verdad? A lo lejos no más en el caminado se te nota”, a lo que yo contesto como corresponde: “Barranquillerísima, que no es lo mismo”, en tono mamador de gallo pero ni muy muy ni tan tan; es decir, tratando de no hacer mucha bulla porque ajá, barro que vamos como 12 ahí encaramadas. Eso sí: antes de esto ya había saludado al señor del tinto de la puerta, al vigilante, a la recepcionista, a la señora del aseo que estaba en el pasillo, de nuevo a la secretaria que nos hará seguir a la reunión y así sucesivamente. Como quien dice, son las 8:05 am y uno ya lleva mal contadas unas ocho personas con las que ha interactuado, y eso que no ha empezado la cita. Creo que es defecto de fábrica: cuando estaba chiquita me llevaba mi respectivo grito o el propio chancletazo donde llegara a un lugar o reunión familiar y no saludara a los 38 tíos, 73 primos, 3 perros y 5 gatos; 26 años después está teniendo un buen efecto.

Ya entrando en materia, si la cosa va por buen camino como sucede la mayoría del tiempo, porque lo que dijimos que sería una cita de no más de 15 minutos se termina extendiendo unos 40, cuando menos lo crees  estás echando cuento y surge la siguiente ráfaga de preguntas: ¿hace cuánto estás acá? ¿Te ha dado duro el cambio de clima? ¿ya te acostumbraste al trancón? ¿qué es lo que más te ha gustado de Bogotá?… a lo que creo que la gente está comúnmente acostumbrada a escuchar respuestas con un millón de quejas. Yo, en cambio, suelo contestar exactamente lo contrario: el clima, pues depende, como en todas partes hay días mejores que otros, hay unos divinos con frío y cielo azul, de repente se manda un aguacero monumental y a los 40 minutos vuelve y sale el sol y pinta un arcoíris en los cerros, todo depende de la compañía (que no tiene que ser precisamente una persona, los libros son el cómplice pa’ todo momento y pa el frío un buen café o en su defecto un whisky… pa los gustos los colores). Además, puedes vestirte más chévere, el trancón ni lo he sentido tan trágico como lo pinta todo el mundo (es cuestión de salir a tiempo y, contrario a lo que la mayoría piensa de nosotros los de la Costa, yo soy maniática de la puntualidad). Duro me ha dado lo que escuché el otro día: me sentí identificada cuando una persona dijo que habíamos mujeres que nacimos sin brújula, ni GPS, o nada relacionado con el sentido de orientación… Literalmente me pierdo si me dicen que camine hacia el norte, sur, coge la 11, baja por la 100… ahí si pierdo el año en un segundo. Me han gustado un sinfín de cosas: amo ver exposiciones de arte en los parques, gente leyendo, obras de teatro todos los fines de semana, conciertos, ferias de todo tipo, la buena rumba, una cantidad absurda de restaurantes; pero sobretodo, el ritmo de trabajo: la gente aquí no para, a veces pareciera que el día no alcanza para hacer tanta vaina y no sé si será masoquista de mi parte pero yo amo los días así de trajinados.

¿Qué hace una costeña en Bogotá? Sencillo, ser costeñísima. Con el acento más marcado, lo cual aquí suele ser un hit porque siempre es tema de chiste y conversación, trabajando casi sin parar, poniéndole buena cara a lo que se presente porque no aguanta ser la que monte la cantaleta por la lluvia o el trancón, aprendiendo y siendo muy “llave” de los buenos cachacos que he conocido, poniendo la vara alta porque no cualquier grupo de barranquilleros, caleños, santandereanos se le miden al reto de hacer la revista del principal aeropuerto de Colombia, primero de Suramérica según la firma británica Skytrax. ¿Qué hace una Barranquillera en Bogotá? Repitiendo el mismo cuento tantas veces que me convencí a mí misma -y hemos convencido a más de uno- que Check In será la mejor guía turística que se ha hecho en este país.

Fotografía: Fotur

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